Las rejas y alambres de Caracas: prueba de una inseguridad que trepa muros

Ingreso a residencia caraqueña.

Venezuela es un lugar sumamente inseguro. Las imágenes y las estadísticas dan testimonio de ello. No existe otro país en Latinoamérica, en toda la Patria Grande, donde la totalidad de las casas y negocios estén protegidos por rejas, boyeros eléctricos y/o alambres de púa. La situación allí es realmente impactante. Las rejas están presentes incluso en balcones y ventanas de los edificios más altos de la ciudad de Caracas. Al parecer, nada es suficiente, la delincuencia trepa cualquier muro.

Las publicidades privadas en televisión son sobre sistemas complejos de seguridad o blindajes para automóviles. Incluso, por las calles puede verse una curiosa campaña estatal en relación a lo que, según cuentan los caraqueños, es moneda corriente: los secuestros. “No pague, llame al 0800 – SECUESTRO”. Existen dos modalidades, el exprés, a ojo y en el momento; y el planificado (del que habría sido víctima el sobrino de Carolina Herrera).

Al atardecer, la ciudad se vuelve casi desierta, incluso los autos (en una ciudad pensada para autos, y en un país donde el combustible es prácticamente gratuito) desaparecen, circular sin la luz del día es una aventura a la que pocos se animan, y no por nada, Caracas ostenta el podio del ranking global de homicidios con 130.35 por cada 100 mil habitantes en 2016, y no es la única venezolana entre las 10 ciudades mundiales con mayor tasa de homicidios, hay otras 3 ciudades de ese país.

Da para preguntarse ¿qué falló?

La inseguridad, aunque suele ser paleada con fuerzas de seguridad, estas no hacen más que parchar un problema social que es mucho más profundo y que no se soluciona de raíz colocando más efectivos de seguridad, sino generando inclusión social.

Entendiendo a la inclusión como la generación de oportunidades para todos, una idea de futuro del que todos participan activamente en una sociedad que los respeta y a la que respetan. Ello se genera con dignidad presente, con educación y con necesidades humanas básicas resueltas. Sin miserias, sin personas abandonadas a su suerte. No podemos pretender que una persona no mate por unos pocos bolívares, si en su vida entendió que ella misma vale menos que eso.

Es difícil imaginar para quienes miramos desde afuera, o para quienes no tenemos conciencia política de tantos años, como era Venezuela antes del chavismo y del inicio de la “revolución bolivariana”, emitir un juicio al respecto del avance o retroceso en inclusión es un atributo que solo los venezolanos empapados en su historia pueden dar. Pero si se puede dar análisis de la situación actual de ese país (y sin entrar en la coyuntura de los últimos 40 días, donde la violencia se ha incrementado por la situación política): La inclusión, venga en aumento o no, no es suficiente. La innegable inseguridad da testimonio de ello.

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